Sobre el arte de la resistencia

por Jürgen Berger

Sudamérica está que arde, no solo la selva amazónica sino los fundamentos de países como Chile, Venezuela, Bolivia, Ecuador y Brasil. Para la oposición, las minorías, los artistas y teatreros de estas tierras se trata de democracia o dictadura, ser o no ser. En su programación especial „El arte de la resistencia“ el Festival ¡Adelante! muestra producciones teatrales sudamericanas que abordan el malestar y la lucha social. Son instantáneas provenientes de países cuyos conflictos estallaron y saltaron a la prensa internacional en octubre de 2019. Excepciones como la de Uruguay confirman la regla.

Piñera reprime las protestas

Las protestas en Chile tomaron a Occidente por sorpresa. Vistos desde afuera, nos habíamos acostumbrado a imaginar a Chile, junto con Uruguay, como un país de estabilidad social y económica. Pero en octubre de 2019 salieron a las calles casi un millón de chilenos en demostraciones masivas contra la desigualdad social y el empobrecimiento. El presidente Sebastián Piñera reaccionó reprimiendo las protestas con la esperanza de poder seguir gobernando para las élites financieras. Lo que no se esperaba es que las protestas se consolidaran en un verdadero movimiento civil de resistencia. La brutalidad del poder estatal trajo a la memoria los oscuros años de la dictadura militar de rigió en Chile de 1973 a 1990. Muchos se preguntaron si la represión del régimen de Piñera no sería el inicio de un estilo de gobierno dictatorial à la Pinochet, disfrazado de empresario millonario.

¿De vuelta a la dictadura?

En Chile se consolidó la resistencia mientras que en Brasil muchos no se atreven a salir a la calle. Es comprensible. La oposición brasileña teme por su propia vida, muchos han debido abandonar el país. Brasil no es solamente un continente dentro de otro continente sino un ejemplo de la rapidez con la que un Estado constitucional puede convertirse en dictadura, cuando un régimen autocrático se entrega con determinación a ignorar la Constitución, invalidando los derechos humanos y desamparando a las minorías. Cuando en octubre de 2018, el capitán y paracaidista militar Jair Bolsonaro llega al poder, sucede una primera victoria de las élites ultraconservadoras y fascistoides de derecha. Anterior a él, el presidente socialista Lula da Silva había implementado reformas sociales y combatido la pobreza.  

La era Da Silva se extendió por dos décadas en las cuales Sudamérica vivió una relativa estabilidad y continuó lucrando en dependencia a la demanda mundial de materias primas. Brasil se dio a conocer por su economía poderosa, Lula da Silva pudo invertir las grandes ganancias en programas sociales y fortalecer los derechos de los pueblos indígenas. Y cuando se lo apresó por supuesta corrupción tras un proceso judicial discutible, la posterior subida al poder de Jair Bolsonaro nos trajo a la mente las estrategias de la dictadura de 1964-1985. El hecho de que los brasileros hasta la fecha no se hayan rebelado contra Bolsonaro, se debe principalmente a que el exmilitar tiene a su disposición herramientas pérfidas de opresión: comandos paramilitares asesinos que persiguen a los disidentes, a las minorías LGBT y a los medios, políticos o creadores y gestores culturales considerados de “izquierda”.

¿Quedarse o exiliarse?

Cuando en 2018 el equipo de ¡Adelante! se disponía a tomar decisiones y seleccionar producciones para el Festival, todavía no podía prever lo que sucedería en países como Bolivia y Chile. Discutíamos frecuentemente la situación de Venezuela y si deberíamos asistir allí a un Festival. En Brasil, por el contrario, ya en el verano de 2018 estaba claro que Jair Bolsonaro podría salir electo. Las conversaciones con amigos de Porto Alegre giraban en torno a la pregunta de si debían quedarse o abandonar el país. La directora Mirah Laline me advirtió que debía estar alerta en las calles por si me topaba con la creciente violencia de los provocadores de extrema derecha. Y cuando más tarde estuve en Salvador da Bahia para asistir a la producción de Diego Araúja “Quaseilhas” en el marco de un Festival de Performance, hubo una fiesta en las instalaciones del Instituto Goethe donde confluyó la comunidad LGBT de la ciudad. Ya entonces me explicó el Director del Instituto, Manfred Stoffl, que tales fiestas ya solo eran posibles en safe-spaces.

Era el inicio de una pesadilla cuyo final no está a la vista y de la cual Brasil sería capaz de despertar solamente si Lula da Silva regresara a la escena política. En un país profundamente dividido, una luz de esperanza fue la liberación de Lula en octubre de 2019 tras el fallo de la más alta instancia judicial. Si buscamos una respuesta a la pregunta de cómo fue posible que Brasil se convirtiera de la noche a la mañana en una tiranía, Jessé de Souza es la persona. El sociólogo dirige el instituto brasilero de análisis económico IPEA y consta ahora en la lista de quienes, tras la subida al poder de Bolsonaro, temen por su vida. Ahora vive entre Berlín y París. En una entrevista concedida al diario alemán Süddeutsche Zeitung, a la pregunta de dónde surge el respaldo  al nuevo presidente, respondió de Souza: “Bolsonaro está respaldado por las élites. Y las élites brasileñas son las élites coloniales”.

Las élites coloniales de vuelta al poder

Jessé de Sousa vuelve la mirada al siglo XVI cuando los colonizadores europeos venido del otro lado del Atlántico establecieron su sistema de opresión. Según de Sousa, Brasil no ha confrontado su pasado colonial, y ello significa que las élites brasileñas pueden continuar explotando al pueblo, mientras el pueblo y principalmente el ala derecha de la clase media baja vive en una identificación ambivalente con sus propios opresores. Podemos imaginar que aquella “élite colonial“ a la cual se refiere Jessé de Sousa pervive también en otros países latinoamericanos. Este tipo de autoritarismo postdemocrático sustenta su poder también en el Ejército. En Chile, por ejemplo, Sebastián Piñera puede confiarse en el apoyo militar, que junto a la policía ya es responsable de al menos veinte muertos y un centenar de heridos.

Desde 2014 Venezuela está gobernada por Nicolás Maduro, responsable de que el país con mayor riqueza petrolera del mundo viva tal momento de miseria que faltan incluso medicinas y alimentos básicos. Si el Presidente del partido socialista de Venezuela continúa en el poder mientras su pueblo sufre es gracias al apoyo de Vladimir Padrino López, el Ministro de Defensa y comandante de las Fuerzas Armadas. Si López Maduro le retirara su apoyo, sucedería lo mismo que en Bolivia, donde en noviembre de 2019 los Generales retiraron su apoyo al Presidente Evo Morales. El primer presidente indígena de Sudamérica era, al igual que Lula da Silva, un reformador social. Pero intentó aferrarse al poder más allá de lo permitido por la Constitución. Al final no le quedó otra opción que exiliarse en México mientras que los militares bolivianos se ponían del lado de Luis Fernando Camacho. Camacho, por su parte, es un jurista de extrema derecha, un multimillonario que, según la revista alemana Der Spiegel, está respaldado por comités civiles de derecha, regirá a la cabeza de una Junta Militar y sale a sus apariciones públicas con Biblia en mano.

El nuevo hombre fuerte de Bolivia ha aprendido pronto de su compañero de armas Jair Bolsonaro. También Camacho envía milicias paramilitares para reprimir a quien se oponga a su poder y por supuesto mantiene excelentes relaciones con el actual presidente estadounidense. Trump estaba encantado al saber que ahora Bolivia también tiene su propio Bolsonaro. Así mismo en Ecuador, a finales de 2019, ante el peligro de una crisis financiera estatal, el socialista democrático Lenín Moreno cambió la dirección del país a una dura línea neoliberal con sus políticas de austeridad, y reprimió con violencia las masivas protestas y manifestaciones. Sin embargo, al presidente estadounidense, adicto a Twitter, no le habrá parecido tan “great” que la oposición chilena está debatiendo una reforma constitucional y su buddy Piñera no puede hacer nada para impedirlo. El arte de la resistencia, tal como se lo vive en Chile, podría ser fuente de inspiración para otras naciones.

“Queremos igualdad”

Y justamente en estos momentos necesita la oposición chilena todo el coraje del mundo. Por ejemplo la redacción la “Revista Hiedra”, un portal de crítica teatral, fue uno de los primeros en expresar públicamente su postura: “condenamos la militarización de los legítimos espacios públicos de protesta, la criminalización del descontento social y la represión policial y militar […] y exigimos […] el fin de abusos, torturas y excesos por parte de los cuerpos de seguridad y orden.” Hicieron además un llamado a periodistas y medios a realizar una cobertura ética y dejar de reportar de una manera sesgada que deslegitime la protesta. Debo confesar que cuando me llegó este llamado, tardé en reaccionar.

 Pasaron las semanas y pude comunicarme con el Director de la Redacción, quien ya en 2017 estuvo presente en la revista de programación de ¡Adelante!, para preguntarle cómo se encontraba y cómo veía la situación actual en Chile. Esta fue la respuesta de Sebastián Pérez: “Hola, Jürgen, ¡¿cómo estás?! […] Yo ya estoy bien, la policía me disparó hace un mes pero me he recuperado. La situación actual en Chile es complicada […] el Gobierno de Piñera está paralizado y solo ofrece pequeños paquetes de asistencia social con fondos públicos […] Pero la gente no quiero solamente asistencia social porque esta ya ha sido la forma de gobernar de los últimos 30 años. Queremos un nuevo acuerdo, nuevas reglas que cambien la estructura de un modelo basado en la desigualdad, la corrupción, el abuso y la confabulación. No queremos ser como Venezuela o Cuba (eso es lo que dice la derecha ante las exigencias del pueblo): queremos igualdad.”

 

 

JÜRGEN BERGER
Crítico teatral y literario, Jürgen Berger colabora con diversos periódicos alemanes (Süddeutsche Zeitung, TAZ) y revistas especializadas (Theater heute). Entre 2003 y 2007 fue miembro del comité de selección del Premio de Dramaturgia de Mülheim, de 2007 a 2010 fue miembro del jurado del festival “Berliner Theatertreffen“ y entre 2006 y 2015, jurado del Premio Else-Lasker-Schüler. Desde 2012 es miembro del jurado del Premio de Dramaturgia de Osnabrück y miembro del comité de selección del Premio de Dramaturgia de Mülheim. En 2015 fue uno de los curadores del festival Offene Welt (Mundo Abierto) de Ludwigshafen. Desde hace muchos años se dedica al estudio de la escena teatral en Latinoamérica. Para el Instituto Goethe ha dirigido numerosos talleres con profesionales de teatro internacionales, en Cuba, México, Chile y Brasil, entre otros. Ha escrito numerosas reseñas teatrales y también ha creado guiones que se han estrenado en varias salas alrededor del mundo. Así como sucedió en 2017, también hoy forma parte del equipo de curadores de la edición 2020 del Festival ¡Adelante!

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