Antes de que toquen a la puerta
por Janis El-Bira
Versión en español por Margarita Borja

Heidelberg, 16 de febrero de 2017. Lo primero que escuchamos en la penumbra es el sonido de unos guantes de caucho ajustándose a las manos de un hombre. En el depósito de cadáveres de "La cautiva" nos encontramos con el cuerpo muerto y desnudo de un soldado: sobre la mesa de disección, un montículo de materia orgánica. De sus bolsillos extraen el patólogo y su asistente (Alaín Salinas) las humildes reliquias de la vida vivida: un chupete, un condón, un llavero.

Mientras hablan de fútbol. Mientras la radio celebra el viernes santo. No hay tiempo que perder, nos encontramos en el Perú de 1984 en el vértigo del Conflicto Armado. El cadáver termina tirado en una carretilla junto a otro cuerpo. Y al patólogo se le ocurre una idea: que se abracen como si fueran una parejita de enamorados.

Esos escalofríos que desde el inicio nos asaltan a bordo del helado naturalismo del montaje de Chela de Ferrari se tornan brutales cuando entra en escena el siguiente cadáver: una muchacha de catorce años (Nidia Bermejo), asesinada de un tiro, a quien el asistente debe lavar y embellecer. Un grupo de soldados calentones esperan tras la puerta para seguir desgraciándola aun tras la muerte. A sus ojos, la hija de un “terrorista” de extrema izquierda no es más que un pedazo de carne. Un despojo más que un cuerpo. Pero cuando inesperadamente vemos abrirse los ojos de la muchacha y la escuchamos empezar a hablar, a punto está el asistente de perder la cabeza y el teatro, la noción del tiempo.


Aquello que sigue lo podríamos describir con una palabra: retro. Teatro actuado con manos que se retuercen y claman, movimientos abruptos de ida y vuelta e incluso la casi extinta técnica del aparte. Olas de dramatismo inundan la escena y los gestos parecen a veces embutidos en el escenario. Y sin embargo no se destruye la experiencia y por todos lados se siente la profunda relevancia de esta historia y el deseo de buscar un lenguaje teatral adecuado para expresarla.

Menuda historia la que se nos narra. La muerta ambulante nos cuenta esas cosas de su vida que al final son la esencia de lo que nos hace humanos: comer helado, comprarse un traje de baño, nadar en el mar, pinchar la yema del huevo frito para dejarla fluir. Y el asistente le sigue el juego, sin saber si ha perdido la cabeza, ahora actúa de abuelita para luego hacer el papel del primer amor de la muchacha y celebrar con ella su quinceañero. Y a ella la convence cada simulacro pues solamente las leyes del teatro son válidas durante esta representación, entre la vida y la muerte, el ruido y el delirio.

El asistente abre las puertas a este reino fantástico-realista en la escena más bella de la velada, ese fragmento poético enclavado en la realidad, cuando lava el cuerpo de la muchacha y lo toma en brazos, protegiéndolo como en la escena de la Pietà. No para entregárselo a los soldados sino porque, como hace con cada cuerpo que le encargan, lo ha dejado como recién nacido. Es en el respeto a la dignidad donde comienza la libertad. Pero lo cierto es que la médula de esta obra a la que tanto valió la pena asistir es profundamente triste. Más allá del poder de la imaginación y la alucinación, una cosa es segura: pronto tocarán a la puerta los soldados que allá afuera esperan.

 

La cautiva
Teatro La Plaza

Texto: Luis Alberto León
Dirección: Chela de Ferrari
Coreografía: Ana Correa
Producción: Renato Costa y Mariana Soria Castro
Asistencia: Carlos Galiano
Escenografía y vestuario: Chela de Ferrari y Luis Alberton León
Investigación: Luis Rodríguez Pastor
Sonido: José Balado
Iluminación: Jesús Reyes
Charango: Martin Choy
Voz: Leo Casas
Elenco: Nidia Bermejo, Alaín Salinas, Emilram Cossio, Carlos Victoria, Jesús Tantalean, Rodrigo Rodríguez
Duración: 100 min

 

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